Dizque “La ciudad de los parques”


Bucaramanga, la anteriormente llamada “Ciudad de los Parques”, poco a poco ha estado tratando de quitarse ese apelativo. Por una parte, desde el año 2000 se eliminaron los llamados “parqueros” permanentes, o los cuidadores de parques. En el siglo anterior, quienes ejercían esa labor eran obreros del municipio. Con la modernidad se eliminaron estos cargos, (¡Qué jartera esos sindicatos!).  También cuando a los políticos les dio por hacer repetidas reformas administrativas para acabar con los cargos de carrera y suplir esos puestos con amañados y explotados “contratistas” prestadores de servicios, se abandonó el cuidado de los parques por la ahora llamada Secretaría de Infraestructura, y el cuidado de los parques pasó de mano en mano como incómoda papa caliente. Algunos los dieron dizque en “adopción” proceso que duraba lo que dura  en la memoria de los bumangueses las fotografías sobre el tema publicadas en la prensa local.

Las decisiones de asignar esas responsabilidades a una u otra dependencia pareció que dependía de algo así como una mezcla del biorítmo del gobernante y las fases de la luna. Así unas veces eran la empresa de aseo, otras el chistosamente llamado “despacho de la primera dama”, el área metropolitana, infraestructura, o el que fuera. El único atractivo de los parques para los politiqueros era que podían ser una fuente de ingresos “non santos“, así alguno se inventó unas extrañas cestas de basura. Vea las cestas de basura que parecen huevos.  o una forma de hacer publicidad en espacio público. Para rematar entre las trasquiladas de los árboles que les pegan los empleados de la electrificadora, las ferias o bazares que allí celebran los politiqueros y las sequías de los últimos fenómenos del Niño, agudizados por un cambio que según los gobernantes gringos no existe, los parque hoy día parecen más parque de Timbuctú, Arica  o alguna otra ciudad de los desiertos.

Lo único bueno es que ahora con el olor de ese reguero de basura que no hay quien recoja, no se siente tanto el olor de la maracachafa y otras humildes hierbas con que suelen hacer sahumerios los asiduos visitantes del los parques.

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