Los Llanos Orientales


Para los que vivimos en las cordilleras o valles de Colombia es difícil imaginarse la inmensidad de los llanos orientales. Van dos hermosas fotos, tomadas en el Vichada, ese departamento que está de moda ahora con los Urrutias, los Barrera (de nuevo) y el eterno afán de enriquecimiento, van pues acompañadas de fragmentos de La Vorágine.
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Habíamos hecho copiosas preguntas que don Rafo atendía con autoridad de conocedor. Ya sabíamos lo que era una mata, un caño, un zural, y por fin Alicia conoció los venados. Pastaban en un estero hasta media docena, y al ventearnos enderezaron hacia nosotros las orejas esquivas.

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Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores. Y de todas partes, del pajonal y del espacio, del estero y de la palmera, nacía un hálito jubiloso que era vida, era acento, claridad y palpitación. Mientras tanto, en el arrebol que abría su palio inconmensurable, dardeó el primer destello solar y, lentamente, el astro, inmenso como una cúpula, ante el asombro del toro y la fiera, rodó por las llanuras, enrojeciéndose antes de ascender al azul.
Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria:
—¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!

Fotos vistas en Panoramio, de bojonovi

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