Definitivamente no fue mi fin de semana


Como cosa rara, dos tardes del fin de semana me toca ir de paso por uno de los centros comerciales de la ciudad. Todo igual… El ambiente desanimado por un cantante actuando en una especie de Karaoke profesional, toca un par de maracas aunque el reciento se llena del sonido de una orquesta completa, vainas de las pistas que llaman. Lo que me recuerda la vez que se presentó en el estadio de la ciudad un famoso cantante extranjero y se armó la de Troya cuando el disco empezó a sonar rayado.

Y el cantante no se inmuta, sigue con su melopea de planchar y en las mesas sin realmente escucharlo los mismos personajes de siempre: Uno dándoselas de muy moderno, sentado solo en una mesa ante un computador portátil, haciendo sonoras muecas de genio en computación, mientras divide su tiempo entre jugar solitario y revisar el correo en busca de un improbable mensaje que nunca llegará. Algo más allá, en otras mesas de mesas, se observa un par de damas que ostentosamente simulan leer sus pads. En el resto del reciento un alto porcentaje de personajes se amntienen medio agachados observando sus smartphones, sonriendo de vez en cuando; incluso hay una mesa en la cual sus cuatro ocupantes que no se pueden llamar contertulios, andan en el mismo autista plan.

No faltan los que realmente si charlan entre sí, de forma analógica dirán los expertos. Aunque algunos de ellos al modo de ver de los dueños del negocio, son de esos de los que se aplastan toda la tarde ocupando una mesa y en total no pasan de consumir un par de cafés. Casi ninguno de ellos mira a los que circulan por los pasillos que rodean el recinto, están allí para ser observados. Lo contrario sucede con los que deambulan por los corredores externos, ellos si observan al interior, más a los ocupantes de las mesas que buscando una mesa libre. En los pasillos la fauna es distinta y se comporta de otra manera. Está el señor aburrido de andar ‘a la pata’ de su señora por todos los almacenes. Los infaltables representantes de la familia Miranda. Uno que otro casanova venido a menos no despinta el paso de las muchachas y terminará la tarde convencido de ser alguien o de lo que no pudo convercer al resto de la gente. Cada rato pasa una bandada de jovencitos innovadores siguienda la repetida moda que lucen sus compañeros de generación. En general son pocos los que tienen cara de andar de compras, la mayoría anda en un plan más social. Ya al final de la tarde, cambian las generaciones, ahora abundan los relativamante jóvenes trajeados más que descomplicadamente y que en común tienen el exhibir un abundante sobrepeso; son bulliciosos y realmente no se siente a gusto en el sitio que más que todo es algo así como el punto de arrancada, se les ve impacientes por salir rápido en sus ruidosos vehículos. A estas alturas el de las maracas ya no sopla. Las mesas se van desocupando poco a poco, los meseros hacen cara de resignación ante lo raquíticas de las propinas y en las escasas bancas laterales los señores aburridos aún esperan que las damas de su casa acaben de probarse todo lo probable. Al final, lentamente el edificio se desocupa y solamente quedan unos aburridos vigilantes que rondan lentamente como almas en pena. Hasta cuando al otro día se llene de nuevo el centro comercial, se repita la función y a mi me toque volver otra vez al mismo sitio y tenga que oir la música que nadie escucha.

Mejor le hubiera hecho caso a Sergio y hubiera arrancado dizque al “Mundial de Hockey en Metrolínea”. M e habría divertido más y hasta habría podido conocer la famosa silletería del Coliseo del Bicentenario.