El Avión Bolívar


En el libro Crónicas y Romances de Vicente Arenas Mantilla encontramos este interesante relato de la llegada a la región del piloto Camilo Daza en el avión Bolívar.

EL AVIÓN BOLÍVAR
EN EL AÑO de mil novecientos veintidós, año malo para los agricultores y feliz para los prestamistas por el buen número de inversiones que ejecutaron, un buen día del lluvioso mes de noviembre, llegó hasta los que en ese entonces no habíamos todavía abandonado la buena tierra piedecuestana, la noticia llamativa e inquietante de que a la ciudad del Socorro acababa de llegar un aeroplano, que en breve continuaría su viaje hacia La Mesa de los Santos, para seguir después su marcha hacia Bucaramanga.

Pocos días más tarde, la ciudad de Piedecuesta, denominada antiguamente la Villa del Cacho, fue sorprendida con la visita de don Mario Clopatofsky, quien en su condición de propietario o empresario del mencionado aeroplano, venía desde el Socorro por todas las poblaciones anunciando emocionadamente la visita del aparato, y solicitando si era que querían verlo pasar por sobre la población, se recolectara entre los habitantes la suma de doscientos pesos, que deberían entregarle a su regreso a la ciudad comunera; pues de lo contrario, el aviador, que no era otro que Camilo Daza, tercearía por sendas apartadas, privando a los piedecuestanos de la vista del aparato.

 Fue tal el entusiasmo en la ciudad, y tal era el deseo de conocer aquel misterioso pajarraco, que en menos de media hora se recaudaron quinientos pesos, los cuales le fueron entregados religiosamente al señor Clopatofsky, junto con varias alhajas que le obsequiaron las damas con íntima complacencia.

Ocho días duramos en la expectativa de la llegada a La Mesa, del pájaro volador; hasta que una mañana se oyó a lo lejos un extraño ruido, y unos arrieros sangileños que pasaron por Piedecuesta a la hora del medio día, nos trajeron la nueva de que el avión había volado esa mañana y que se hallaba estacionado en uno de los potreros de “La Nueva Granada”.

Esa misma tarde, un grupo de curiosos y desocupados emprendimos marcha hacia el lugar indicado, deseosos a cual más de ser los primeros en el conocimiento del aparato y del aviador, a quien no creíamos un ser como nosotros de carne y hueso, sino una especie de mago o figura sobrenatural.

Comenzaba ya a opacarse la tarde, cuando los más aguerridos caminadores llegamos a la punta de La Mesa, desde la cual empezamos a divisar una cosa como un cajón muy grande pintado de colorado, al cual rodeaban con las escopetas al hombro, un buen número de cazadores que al ver el animalejo habían venido a marchas forzadas desde “La Furnia”, creyendo que se trataba de un dragón o por lo menos de un águila colosal, de esas que se alzan un novillo de la cola y son capaces de levantar con un rebaño completo.

A una distancia de diez metros, puesto que a menos no dejaban acercar los guardianes que eran unos guaches recondenados, pudimos curiosear el aparato a nuestro antojo, y hasta recuerdo que cambiamos unas palabras de saludo con Benjamín Méndez Rey, que venía cómo mecánico, y el cual ordenó a la escolta, después de un brindis que le hicimos y de un discurso corto de bienvenida que pronunció Jesús Mathey, que se nos permitiera acercarnos hasta palpar con nuestras mismas manos la maquinaria, desde cuyo asiento de comando y con magistral autoridad, Camilo Daza nos explicó ampliamente su funcionamiento.

Para mí, lo confieso muy sinceramente, la presencia del aparato no fue nada sorprendente, pues yo que en ese tiempo ya había leído algo, los conocía a través de las ilustraciones; más lo que nunca me había figurado era que pudieran realizar la proeza de visitar un país cuyo cielo no había sido cruzado por las primeras alas metálicas, en un avión amarrado con cabuyas y remendado con trozos de latas de propaganda de la “Cafiaspirina”, del Jabón de Hiel y del Linimento Analgésico Ruso.

La lluvia de aquella tarde, y el infinito deseo de regresar pronto a Piedecuesta a narrarles a nuestros amigos y familiares cómo era en realidad el Avión Bolívar, nos hizo emprender prontamente la retirada de aquel lugar donde algo más de un centenar de personas de diferentes procedencias se disputaban a cual más los honores de poder charlar con el piloto que aparte de ser un hombre de charla distraída era también uno de esos grandes magos del ilusionismo y hasta un botánico estupendo.

Hasta acá el relato