Un respiro de “La Niña”, la oportunidad de volar en parapente


En Bucaramanga, un día de cielo azul celeste, detrás de la torre bajita de la Iglesia, se observa una pequeña mancha que parece la luna. Pero, no. No puede ser por la posición, hora y tamaño. Y se mueve. Se trata de un parapente que supongo es de motor. Y esto se observa cuando en el resto del país están sufriendo los efectos de las intensas lluvias de El fenómeno de la Niña, acá en Bucaramanga, el día que supuestamente cumple años la ciudad, sospechosamente el 22 de diciembre o solsticio de invierno en el hemisferio norte, (o el día en que el Sol está en su máxima declinación sur, algo así como 27º y medio), y digo que sospechosamente pues esa fecha parece haber sido escogida posteriormente por los historiadores.

Y para alejar la envidia que genera ese intrépido piloto me pongo a pensar que por fin se ve un cielo con los colores de diciembre, un cielo azul celeste como cantaba Pablus Gallinazo. Un cielo que amanece sin nubes hasta “que las sueltan en Pamplona” y asoman por detrás de los cerros. Un clima que invita y recuerda los días de vacaciones y piscinas. Unas tarde calurosas que reciben a los estudiantes universitarios que regresan de climas más fríos. Y al final de la tarde un corto crepúsculo con cambiantes y siempre sorprendentes colores.

Ya por la noche la raquítica iluminación pública navideña de esta que se las tira de ciudad, no puede competir con las amigas estrellas de diciembre. El primer grupo que se distingue ya en lo alto, son las que conocí como las ‘Siete Cabritas’ y ‘Las Tres Marías’ que después aprendí a identificar como Las Pléyades y El Cinturón de Orión. Y brillando a pesar de la contaminación ambiental y lumínica otras conocidas Sirio y Canopus (las dos más brillantes del firmamento), Betelguese y Rigel, dos supergigantes la primera rojiza y la segunda tirando a azul. Bueno, a primera vistas todas parecen blancas, pero poco a poco y con un buen cielo se empiezan a distinguir las variaciones. Proción, Aldebarán, y los gemelos Castor y Pollux. Mirando hacia la derecha de donde se ve Canopus, otra estrella brillante, es Achernar. Y hacía el norte Capella. Si estuviese bien oscuro o por los lados del Picacho vería la mancha de la Nebulosa de Andrómeda y hasta podría intentar ver la Estrella Polar sobre el horizonte norte. Bueno, no puedo dejar de pensar en la ventaja para un aficionado a la astronomía a simple vista, de estar en Bucaramanga, una ciudad situada a unos 7 grados de latitud norte, y eso me permite observa a lo largo de todo el año casi toda la bóveda celeste. Mientras que un Europeo no pude ver Canopus y un australiano no puede ver la Osa Mayor. Por otra parte acá los edificio ya casi no dejan observar el firmamento.

Por la noche, pues a quejarse del pegajoso calor y a desempolvar los ventiladores que no se usaban desde enero del año antepasado. A tratar de dormir con ese calor y con la pesadez de las comilonas en las distintas novenas de aguinaldos que me dejarán por enero con un firme propósito de rebajar unos kilos.

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