EL MUNDO SE ACABA MAÑANA A LAS OCHO (Otra vez)


A propósito del fin del mundo que se aproxima (¿Cuándo?) algo publicado previamente.

EL MUNDO SE ACABA MAÑANA A LAS OCHO (Otra vez)

Otro día, otro amargado despertar. Tener que pasar de la emoción de los sueños a su desesperada situación. Ya llevaba muchos meses allí. Para él era como casi toda una vida. Solamente sus fantasías nocturnas y sus cada vez más frecuentes viajes dormido le aliviaban el tedio. Últimamente creía que casi todas las noches soñaba, pero al despertarse casi nunca se acordaba de lo sucedido. Unas veces volando, otras corriendo libremente, otras caminando por ciudades falsas que solamente había visitado en sueños anteriores. A veces este empezaba donde había terminado el otro. Una noche escuchó sin entender a un coro de monjas con hábitos rosados cantando repetidamente: “Dios es un fractal”. Muchas de sus fantasías nocturnas eran como recuerdos deformes de su infancia, o recuerdos de sus falsos recuerdos en la ciudad de la meseta, en los tiempos en que ni pensaba prestar el servicio. Las imágenes se repetían cada noche, sin sentido. Algún día lo entendería, para eso tenía bastante tiempo libre.

La noche anterior tuvo un sueño que le produjo mucha tristeza. Se despertó con los ojos resecos. Se encontró con su difunto padre. Allí, él era un gran músico que atraía a las mujeres con sus cantos. Pertenecía a una familia de grandes músicos, pero como sucedía siempre, su sueño cambió extravagantemente. En él apareció el profesor Rodríguez explicando la metamorfosis de las chicharras. Las que cantaban en las mañanas de junio. Las que en la canción llaman cigarras y que dice que están en el Parque Romero. Pensaba que esa canción decía mentiras, pues a los mangos de ese Parque no suben las chicharras. El profesor decía que las chicharras vivían en forma de larva bajo tierra, aproximadamente quince años. Y que al final salían para reproducirse. Contaba que como adultas, únicamente vivían un par de semanas. Luego se vio él mismo como una crisálida de chicharra y trataba de subir por un túnel. Temprano en la mañana tenía que treparse a un árbol, para dejar su cascarón y así poder salir libre a volar, a cantar ya tener sexo. Le asustaba pensar en las primeras horas de la mañana. Todo se convirtió en una pesadilla al no poder salir y al enterarse que el antiguo parque, había sido encementado para construir una cancha deportiva.

Cuando había papel, en los atardeceres se dedicaba a escribir cartas a los familiares. Sobre todo a su propia madre. Ella debía estar extrañándolo. Pero nunca recibió respuestas. En las mañanas fantaseaba pensado que recibía el correo y que leía unas largas cartas en las que le contaban lo que sucedía en el barrio. Le disgustaba no recibir cartas de Marta su novia. Dónde estaría. Lo que le gustó de ella era que no escribía su nombre con te hache. No era Martha, sino Marta. Como Santa Marta. Como las de antes…

Bueno, algún día sabría si sus cartas las recibían. No era tan ingenuo como para pensar que en la situación en que se encontraba era fácil recibir el correo. O siquiera algún mensaje. Ni por los mensajes de la radio. En la familia se habían hecho el firme propósito de no ser tan ingenuos. O al menos no demostrarlo. Todo empezó desde la vez que vinieron de vacaciones los primos de la capital y al conocer la casa de la Tía Cecilia, se burlaron al descubrir que el cuadro de la virgen que ella tenía en la sala era un cuadro de una señora llamada Monalisa. Se burlaban diciendo que dizque la tía le rezaba a la Gedionda. Eso le obligó a investigar en el colegio y claro, tenían razón, era una pintura de un man italiano que inventó el avión y además hacía cuadros. Con sorpresa descubrió que era el mismo que dibujó ese conocido cuadro que se ve en todos los comedores del barrio. Por eso ahora eran algo más cuidadosos al escoger las cosas de la casa. Se propuso que cuando pudiera ir a la casa de su madre, investigaría el origen del cuadro de que había en el comedor de casi todas las casas de la cuadra, de pronto era del mismo mancito italiano.

Pensaba que la mejor forma de escapar, había sido la de su prima menor. Ella escapó de la miseria aunque la tía nunca la perdonó. A la niña de sólo trece años, la habían encargado de vender limonada en los alrededores del San Andresito. Todos los días, la tía le entregaba dos garrafas de limonada. En un principio sus mejores clientes eran los taxistas. Vendía más en las tardes. Aunque nunca vendía lo suficiente y por ello la castigaban. Que no se esforzaba, le decían en casa. Hasta que un día cambió de clientes. Los coteros de San Andresito le propusieron que tirara la limonada a la alcantarilla y se fuese con ellos a una de las residencias de la vecindad. Pronto se encontró ganando diez veces más que cuando vendía limonada. Pero claro, al empezar a gastar en ropa, la tía la descubrió y al final la pobre resultó fugándose para Maicao con un comerciante. Ella si pudo escapar, sin tener que soñar.

Peor había sido su sueño del mes pasado. En él todos los hombres de la familia eran unos vagos, una parranda de zánganos. Desde que nacían solamente les interesaba comer, crecer y tener su primera experiencia sexual. También le molestaba que en el sueño, las hembras de la familia se dedicaban a tener hijos sin control, sintiéndose las más hermosas reinas. El resto de los familiares se dedicaban exclusivamente a trabajar o a guerrear sin pensar en nada más. Y peor aún, en el sueño él era una hembra voluptuosa de grandes caderas. La más atractiva de todas. Y que mañana siguiente a los ocho, sería su primera salida. Su primera cita a ciegas, en la que tendría que competir con otras para levantarse un compañero. De nuevo los laberintos de los sueños le llevaron a encontrase tratando de salir de un túnel, ella (o él) entre cientos. Que al aproximarse a la salida, cada vez se veía más luz. Y así fue saliendo hasta que al estar acostumbrándose a la fuerte luz del sol, alguien la atrapó y le cortó las alas. En el señor había sido, sin entenderlo, una hormiga culona.

Esa mañana no se sorprendió al despertarse llorando. La noche se encargó de recordarle aquella mañana cuando lo capturaron. Trató de escapar y no pudo. Se escondió en la parte trasera del bus, pero lo descubrieron y se lo llevaron. El corte de pelo lo traicionó. Caminaron muchas noches por la selva. Hasta que llegaron al enloquecedor campamento, en el que lo único que se puede hacer es soñar… Y eso sí los sueños no se encargan de recordarle desesperada su situación. Lo peor, es que así tenga fantasías con túneles, allí no puede construirse uno, no hay con qué. Ni cómo pensar en salir. Esas pesadillas lo atormentan desde hace varios años. Piensa que por su forma exagerada de quejarse, ni siquiera ha podido hacerse amigo de los otros. Los secuestrados en Patascoy…

#findelmundo

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